Desembarcaron por el puerto de Ilo (1880-Guerra del Pacifico), el ejército chileno muy bien aprovisionado (18,000 soldados, con dirección a Moquegua/Los Ángeles y a Tacna/Campo de la Alianza), llego a Locumba una patrulla de reconocimiento compuesta por 50 soldados al mando de un teniente que según se dice apellidaba Almeida.
Esto ocurría pocos días antes del sangriento suceso de la “Batalla del Campo de la Alianza”. El Coronel Albarracín arribo con su tropa a Locumba, entro sin preámbulos a combatir con la patrulla invasora que resulto totalmente aniquilada, según refieren, solamente se salvó uno de ellos, el teniente Almeida quien a caballo tomo la pampa de Sitana hacia Hospicio-Moquegua.
Como consecuencia de esta sangrienta acción librada en el mismo pueblo de Locumba, su vecindario se encontraba gravemente comprometido ante el grueso del ejército enemigo que muy pronto asolaría todo el valle, seguramente plenos de ira y de venganza, por el triste fin que se le había dado a la patrulla de reconocimiento.
Con este motivo las familias locumbeñas al encontrarse con este peligro, apresuradamente trataron de abandonar el pueblo y correr en busca de refugio. Alguien dio la idea y señalo como mejor lugar para ese efecto, la quebrada de Cauña a donde se trasladaron apresuradamente en larga caravana, premunidos de los elementos más necesarios; en este caso ayudados por la tropa del Batallón Locumba que estaba pronto a marchar al Campo de la Alianza.
Mientras tanto en la “quebrada de Cauña”, donde
una multitud de almas vivía angustiada entre los azares de la guerra, orfandad
e incertidumbre. La constante amenaza de muerte, la terrible situación de
hambre que se vivía en los desolados parajes de Cauña, llevaba a esa gente a
sumirse en la desesperación y el paroxismo. Los pocos varones que en última
instancia habían llegado allí en condición de prófugos, aprovecharon las
primeras luces del alba, trepaban la cumbre para atisbar en dirección de
Locumba, hasta que un día de retorno trajeron la terrible noticia de que habían
visto avanzar una caballería y portando brillantes armas. No cabía duda que se
trataba del ejército enemigo, cundiendo un terrible pánico entre las mujeres y
niños que desesperadamente apelaban al Señor de Locumba, demandando en
clamorosa y santa devoción su amparo.
Los varones ancianos y los pocos adolescentes que allí se encontraban, poniendo su fe en Dios juraron defender el honor de la patria y amparar a las familias allí refugiadas, acordando entonces en medio de vivas y amplio fervor patriótico hacer resistencia al enemigo; cebaban el cañón de los pocos fusiles que poseían, otros preparaban sus armas blancas dispuestos a la lucha cuerpo a cuerpo si era necesario. Apresuradamente levantaron trincheras con piedras de roca y así esperaron el momento supremo para jugarse la vida en defensa de la patria.
UN HOMBRECITO DE HUMILDE VESTIR
Y efectivamente la caballería
chilena avanzaba con cauteloso tacto y en minuciosa observación, temiendo un
sorpresivo ataque. Cuando estaban a un kilómetro y medio del lugar del refugio,
de pronto las avanzadas de la tropa enemiga se encontraron con un hombre que
caminaba en sentido contrario, era de apariencia humilde y casi cubierto de
andrajos. Inmediatamente fue detenido, no hacia resistencia, pero fue llevado
de viva fuerza a los jefes. El extraño caminante de apariencia sencillo, lucía
un austero semblante y sus palabras tenían el don de convencer, su mirar tal
vez llevaba un poder hipnotizante. De otra manera no se concibe como pudo
cambiar el rumbo a un regimiento de caballería que estaba ávido de sangre y sed
de venganza, solo con el resultado de una breve interpelación que le hicieron
los conductores de la caballería extranjera.
El modesto hombre quedo en libertad y siguió su camino, mientras los jefes militares en las alturas de esas sombrías e inhóspitas montañas cubiertas de tupidos matorrales se detuvieron a deliberar sobre la situación, hasta que retumbo una sonora voz de mando, que ordenaba “la media vuelta”. Así el regimiento de la venganza, hizo su regreso al desolado pueblo de Locumba.
Aquel misterioso personaje que salvo al vecindario locumbeño, había aparecido justamente en el preciso momento que era necesario interceder por los desamparados en el “refugio de Cauña”. El caso fue un portento de Dios.















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